El 27 de octubre de 1986 tuvo lugar la primera celebración del Espíritu de Asís, en Italia. Allí se congregaron los líderes de las grandes religiones del mundo para hacer juntos un día de ayuno y oración por la paz.

 

Desde entonces, la familia franciscana celebra cada año la “Jornada por la paz en el Espíritu de Asís”. Es una llamada de atención a no permanecer indiferentes a tanta violencia e injusticia social, y a defender la paz como el único camino posible para seguir adelante.

 

El pasado 20 de octubre se celebró en Roma un Encuentro de Oración por la Paz, promovido por la Comunidad de Sant Egidio. Allí, el Papa Francisco se dirigió a los presentes y les recordó que “en este tiempo de desorientación, golpeados por las consecuencias de la pandemia de Covid-19, que amenaza la paz aumentando las desigualdades y los miedos, decimos con fuerza: nadie puede salvarse solo, ningún pueblo, nadie.”

 

“Vivimos en un mundo interconectado que ha perdido el sentido de fraternidad donde “Las guerras y la paz, las pandemias y el cuidado de la salud, el hambre y el acceso al alimento, el calentamiento global y la sostenibilidad del desarrollo, los desplazamientos de las poblaciones, la eliminación del peligro nuclear y la reducción de las desigualdades no afectan únicamente a cada nación.(...)
Somos hermanas y hermanos, ¡todos! Recemos al Altísimo que, después de este tiempo de prueba, no haya más un “los otros”, sino un gran “nosotros” rico de diversidad. Es tiempo de soñar de nuevo, con valentía, que la paz es posible, que la paz es necesaria, que un mundo sin guerras no es una utopía. Por eso queremos decir una vez más: «¡Nunca más la guerra!».”

 

Esta transformación del mundo sólo será posible con la preservación de nuestra Casa Común y escuchando la voz de los más desfavorecidos, que son los que sufren más la injusticia de la guerra y la destrucción de la naturaleza. Desde la Comisión Interfranciscana JPIC nos proponen vivir este año el Espíritu de Asís bajo el lema: “ESCUCHAMOS EL CLAMOR DE LA TIERRA Y EL GRITO DE LOS POBRES”

 

La “conversión ecológica” a la que estamos llamados es un verdadero trabajo de conversión. Por ello, quizá habría que comenzar por pedir perdón a la hermana tierra y a los pobres. Perdón, sobre todo, por el olvido, por la indiferencia que es la causa de todas las disfunciones. Además, y en esa línea, tendríamos que informarnos lo más posible de las grandes pobrezas y de las pobrezas cercanas. Y lo mismo con la tierra y sus avatares.

 

Después, tener fe en la oración y hacer un hueco a estas necesidades en nuestros momentos de oración.

 

Por último, mantengamos el apoyo y el ánimo a los hermanos/as y laicos que trabajan en nuestras ONGs. Y, finalmente, si nuestros medios nos lo permiten, seamos generosos siempre en palabras y en obras con quienes más sufren el peso de la vida.

 

Eso nos llevará de la mano a poder sentir en el corazón el dolor mismo de la tierra.